“En las últimas décadas, las grandes ciudades se han consolidado como centros de crecimiento económico, poder político y nodos de redes internacionales que conforman grandes mercados que ofrecen empleos y oportunidades de ingresos” (Carreño, C., y Alfonso W,H. 2018, p. 4). No obstante, este crecimiento económico y poblacional es alimentado por un uso no sostenible de recursos finitos. Los centros urbanos crecen en población, extensión y complejidad social y económica, con un consecuente aumento de la infraestructura urbana y acceso desigual a bienes y servicios (Burnside, Brown, Burger y Hamilton, 2012). Esto ha tenido fuertes impactos sobre los sistemas ecológicos a escala local, regional y global, por lo que su capacidad para resistir y recuperarse está cerca de sus límites. Con esto se evidencia que el fenómeno de urbanización ha planteado desafíos críticos para el ambiente, la vivienda, la seguridad alimentaria y los conflictos sociales (Bai, Shi y Liu, 2014).