Este escrito se ocupa del rol emancipatorio que el silencio puede asumir en las relaciones de conflicto o violencia. La propuesta, para defender tal capacidad emancipatoria, es que en tales escenarios la experiencia silente puede fungir como medio en el que el Rostro se presenta exclusivamente como Rostro. Esta afirmación supone que, en el silencio, el Otro se ofrece en su desnudez y en su precariedad.