En el barrio Antigua Fábrica de Loza, ubicado en el centro de Bogotá, aún existen las últimas lavanderías comunitarias de la ciudad, donde se utilizan las prácticas “ancestrales” del lavado: se realiza de forma colectiva y a mano. Además este lugar está acompañado por una huerta comunitaria urbana. A partir de este hallaz- go, el proyecto propone una arquitectura que reconoce el potencial social y espacial de estas prácticas derivadas del oficio de lavar y cultivar. Por este motivo, la investigación parte del análi- sis del contexto del barrio, del funcionamiento del lavadero comunitario y del oficio de lavar. La propuesta arquitectónica se implanta en un lote vecino al lavadero comunitario existente y consiste en una intervención paisajística en- tre ambos proyectos, además de un programa arquitectónico que surge de la interpretación de acciones cotidianas y domésticas: lavar, sembrar, habitar, aprender, caminar, entre otras. El pro- grama consiste en una serie de espacios públicos (jardines, fuentes de agua, rampas, escaleras, entre otros); espacios semipúblicos (lavandería comuni- taria, huertas urbanas, café, espacio de aprendiza- je); y espacios privados (vivienda). Por lo tanto, este proyecto nace del deseo de dignificar y resignificar los oficios domésticos y co- munitarios, como lavar la ropa, sembrar la tierra, conversar, compartir agua. Al observar la vida cotidiana en el barrio —particularmente en torno a una lavandería comunitaria— comprendí que, más allá de una función utilitaria, estos espacios cumplen un rol fundamental: reunir a las perso- nas. Así surgió el título “El Oficio de Reunirse”, que propone pensar el encuentro no como algo ocasional, sino como una práctica vital en la cotidianidad humana, que tam- bién merece espacio, cuidado y diseño. Este proyecto es, entonces, una arquitectura que cultiva vínculos, donde el agua, el jardín y el oficio de lavar se entrelazan para dar lugar a lo común.