Esta es la historia de un palenque imaginado que sobrevivió a cuatrocientos años de la violencia más desmembrante y que fue salvado porque los cimarronismos existen. Y existen porque en ellos están depositadas las huellas que dejaron los ancestros; el clamor más hondo de libertad. El palenque se llama San José de Uré, situado al sur del departamento de Córdoba, en el Caribe colombiano, en los límites del paraje selvático de la región minera del San Jorge. Uré tiene nombre de santo, pero no es un santo cualquiera. No uno común, como los que han sido pintados de la manera más sacra y pulcra. Su piel es negra. Está hecho en madera, esculpido de un tronco indescifrable. Los cimarronismos están y siguen ahí —después de todo ese tiempo— deambulando sobre las atmósferas uresanas y en las paredes de la casa del abuelo y de la seño . Esta es la historia de cómo llegué a ellos. Del viaje que hice a mi propia raíz. Muy hacia adentro.