La esclerosis múltiple (EM) es una enfermedad desmielinizante crónica del sistema nervioso central que ocurre principalmente en adultos jóvenes [1]. La fisiopatología de la enfermedad es compleja e involucra factores genéticos, ambientales y el desarrollo de una respuesta autoinmune patológica, con destrucción focal de la mielina, pérdida axonal e infiltrado inflamatorio local [2]. Se ha identificado un amplio espectro de alteraciones visuales que abarcan tanto el sistema sensorial visual como el motor ocular como consecuencia de la EM y de sus complicaciones [3]. La desmielinización, afecta tanto las vías visuales aferentes como las aferentes y, esencialmente, todas las partes del sistema sensorial visual, incluida la retina, el nervio óptico, el quiasma, las vías posquiasmáticas y las cortezas visuales sensoriales [2]. Las manifestaciones oculares más comúnmente reconocidas en la EM incluyen: La neuritis óptica, defectos en los campos visuales, la oftalmoparesia internuclear, el nistagmus, la dismetría sacádica y la uveítis intermedia. Adicionalmente, se presentan cambios en el sistema visual relacionados con la edad como la formación de cataratas, avance de defectos refractivos como miopía, presbicia, astigmatismo y anisometropía [3]. El pronóstico de las manifestaciones oculares de la esclerosis múltiple dependerá de la instauración del tratamiento oportuno, tanto de la enfermedad sistémica como de sus recaídas, la severidad del compromiso y recurrencia de los episodios sindromáticos oculares [4]. La presente revisión se centrará en evaluar el estado del arte, para determinar los factores pronósticos que puedan afectar el curso de cada una de las manifestaciones oculares de la EM.